sábado, 29 de enero de 2011

La Santa Compaña

FINALISTA Y SELECCIONADO PARA PUBLICAR EN EL VII CONCURSO DE RELATOS CORTOS PARA LEER EN TRES MINUTOS “Luis del Val”


La vieja Gertrudis huyó despavorida, con riesgo real de infarto por el tremendo esfuerzo para su avanzadísima edad y por el mismo susto. Era impresionante y desconcertante ver sus rechonchas, varicosas, temblonas y octogenarias piernas moverse a tal velocidad rúa arriba, con esa pendiente y esos empedrados que sólo pueden hallarse en un pueblo montañés, con el corazón desbocado como queriéndole salir por la boca a cada ronco jadeo desesperado.
Mi sorpresa fue mayúscula por descontado. Pero aún fue más conforme continuaba con mi paseo por la villa. Los niños, pilluelos indomables que habitualmente me hacían blanco de sus bromas y travesuras debido a mi (para ellos) extravagante aspecto, de súbito tuvieron respeto hacia mi persona. Y no sólo eso, sino que además sintieron puro terror, pues sus carreras les apartaban de mí con esa agilidad inherente a la juventud y al miedo infantil más extremo.
Cómo no, también los hombres, duros campesinos, me miraban espantados apretándose contra los muros, tapándose horrorizados los ojos si se veían sin escapatoria a mi paso por las callejas demasiado estrechas o igualmente huían como si de mujeres se trataran.
Y de éstas mejor no hablar. Lo más precioso y que más merece la pena según mis experiencias y apetencias en la vida, sin embargo y trágicamente, chillaba ante mi inmediatez, alguna se orinaba en las bragas y todas escapaban moviendo sus deseables curvas hacia la salvación.
¡¿Qué era lo que ocurría?! ¡¿Por qué se aterrorizaban ahora ante mí, un pobre diablo que no gustaba de hacer daño ni a una mosca?!
Intrigado, me aproximé a un charco que resistía tenaz desde las últimas lluvias, para ver mi propia y más que familiar imagen. Quizá ella me diera la imprescindible respuesta que acaso temiese. Inocentemente y sin esperar muchas soluciones, me asomé y miré a su superficie cristalina, hacia mi sobrecogido reflejo. En efecto, allí estaba yo con mi acostumbrado semblante, algo más triste si cabe de lo normal. Aunque había alguien a mi lado. Otro rostro me acompañaba en aquella agua derramada. Una faz inverosímil, terrible, cadavérica, me y se observaba por encima de mi hombro, sonriente con su dentadura desnuda, severa en su mirada de cuencas vacías.
Me retiré aterrado, girándome incansable para no descubrir a nadie una y otra vez. No había ninguna persona conmigo o por lo menos yo no podía percibirla. Pero los demás sí, por eso se escabullían medrosos. Entonces el escaparate en sombras de la panadería me llamó como una sirena hacia mi locura. Me allegué a él temeroso, vacilante de mi decisión. Y las dos figuras se dibujaron en el vidrio: la mía temblorosa, la de la Muerte desafiante con su manto negro y su guadaña plateada.
Porque era ella, la Parca. Incomprensiblemente me había seguido hoy, visible para todos excepto para mí, el protagonista, el moribundo. Porque iba a morir. No sabía la causa, ni el modo, mas debía ser inevitable.
Quise tocar su túnica ondeante guiándome con el improvisado espejo y, sí, mis dedos lograron acariciar la sempiterna tela, estremeciéndome con su áspera realidad. Luego ella me agarró poderosa y repentinamente con sus huesudas falanges mientras alzaba la guadaña, presta para descargarla.

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