sábado, 22 de enero de 2011

La encerrona

Publicado en Eñe. Revista para leer
www.revistaparaleer.com 
Enlace: http://www.revistaparaleer.com/cuentoAutores/cuentoFicha/730

 

 

Ahí estaba. Era él. Con su sonrisa radiante, pletórico de felicidad y orgullo. ¿No iba a estarlo?

Sin ser joven, sino entrado en los cuarenta, era en cierto modo atractivo, por lo menos lo suficiente para que su cuantioso dinero y su elevada posición pusieran el resto. Nacido de buena familia, sin duda había hecho lo que siempre había querido, todos los caprichos y placeres cualesquiera. Habría viajado, por mares, tierras y aires, viendo paisajes exóticos, gozando con hermosas mujeres de todas las razas, comiendo manjares, bebiendo néctares... lejos de los padecimientos y preocupaciones del vulgo mayoritario.

Con aquella cuidada y elegante barba y sus trajes caros, paseaba por el pueblo pausadamente, ajeno a cualquier prisa, llamando la atención de los hombres que envidiaban su vida y de las mozas anhelosas de su partido. Ellas suspiraban y cuchicheaban, admirando al unísono sus aristocráticos andares, su esbelta figura y el lujo que acompañaba a su sombra.

Apareció en la villa de improviso, tras años de libertina ausencia, ahíto de aventuras y deseoso de establecerse en aquel lugar que le vio nacer y del que su estirpe era dueña absoluta. Simpático, cortés, ameno, de agradable y divertida conversación, conquistó a todos los vecinos y, por supuesto, a la joven más guapa.

Teresa, mi amor, deslumbrándote con sus claros ojos y sus pecas de niña cándida. Sus rizos rojos y su ropa blanca jugaban con el viento mientras trotaba por entre las mariposas. Su risa te llamaba, a mí y a todos. Nacida para encantarte.

Mas se hizo mayor. Durante la época en que fue chiquilla, como éramos entonces, sólo le atañía la hierba, las flores y mi compañía. En lo que me concernía, yo únicamente vivía para ella, todo lo demás era secundario, tal era mi cariño. El día empezaba cuando la veía llegar, y moría funesto cuando se recogía en casa y se iba de mi alcance. Desde niños la quise porque ya incluso fui capaz de apreciar su celestial belleza. Siendo adolescentes, las hormonas incipientes confirmaron mi pasión a límites irrefrenables, y Teresa se volvió aún más hermosa de forma totalmente increíble.

Mis amigos se fijaron también en ella. Ronroneaban a su lado, con los ojos desorbitados y el ansia despierta. Tuvo muchos pretendientes, pero ella los rechazó. Yo peleé con alguno, injusto por los celos, aunque convencido en mi hombría. Mis planes eran, por supuesto, algún día casarnos, tener una casa y dos o tres niños. Lo normal y lo más fantástico que me podía suceder. E iba por el buen camino. O eso creía.

Entonces él, Basilio, el cacique, se fijó en ella porque era la más linda. Enamoraba a cualquiera, aunque además él debía de aspirar a lo mejor, ya fuese por cuna o por hermosura. La vio un domingo en la iglesia y la siguió esa misma tarde al baile. Tuvo que parecerle una diosa con aquel vestido suyo blanco y sus bucles escarlatas. No le quitó ojo, como yo no aparté la vista de él tampoco, loco de ira. Pronto hizo que se la presentaran, henchido de suficiencia y engalanado hasta el extremo en comparación con nosotros, los pobres muchachos del lugar. Vi, rabioso, que ella quedaba halagada de su porte y su caballerosidad y, quizá, maldita sea, de sus riquezas. Le saludó con una sonrisa descarada, desplegando todo su imán femenino. Apreté los puños cuando Teresa le condujo de la mano al centro de la pista para que todo el mundo los viera danzar. Se abrazó a él mirándole directamente, segura de su dominio. Y salí furioso de la sala para no volver más. Me sentía traicionado y ni mi enorme amor pudo ganar a mi orgullo herido.

Porque no luché por ella. Me contentaba con mi furia justificada cuando me los cruzaba de manera indeliberada o cuando mis "amigos" me detallaban los chismes ciertos que circulaban por el pueblo. Las viejas y todos los demás hablaban de paseos a la luz de la Luna y también en pleno día, de visitas y regalos a los padres de Teresa, de una mirada suya brillante de felicidad y de amor interesado o no. A mí me palmeaban la espalda, compadeciéndose del infortunado o columpiándose burlonamente en mi cornamenta. Yo callé y me rendí, pero el odio no me abandonaba a la espera de una ocasión propicia. Se aproximaban las fiestas y vislumbré una luz al final del camino.

Y ahí estaba, Basilio en el encierro. Aguardando la suelta de las reses, con su inmaculado traje de sport, sonriendo a quienes le rodeaban para darle conversación, a las adolescentes que le buscaban con la mirada, y a su amada –antes mía- Teresa. Me situé en sus inmediaciones contra mi lógica repugnancia. Alcanzaba a oír su despreciable y falsa carcajada, no obstante decidí centrarme en mi propósito. Tenía que repasar todos los pasos, evaluar todas las contingencias y detectar probables errores.

En aquel momento el miedo se apoderó de mí. Al igual que la excusa de la prudencia. ¿Merecía la pena? Tal vez me descubrieran, había muchos ojos en el recorrido y todos pendientes a lo que iba a suceder en su desarrollo. Corría el riesgo de pasar el resto de mi vida en la cárcel, amargado. Sólo la satisfacción de mi venganza llenaría mis días. ¿Era eso suficiente? Una nueva mirada hacia el objeto de mi aborrecimiento despejó mis espontáneas vacilaciones. Sin Teresa no cabía nada más para mí, excepto la vindicación, el honor recuperado, la sangre y el dolor de mi enemigo provocados por mi mano, y la desilusión de la novia infiel.

Con el ánimo rehecho, en ese mismo instante, empezó la espantada. Los astados fueron liberados de su claustrofobia a la avidez de la huida sin sentido. Enseguida se aproximaron a los participantes mientras el público parapetado vociferaba de júbilo. Los hombres se pusieron en movimiento, veloces. Nuestro mundo inmediato se llenó de adrenalina, temor, contento, empellones y codazos. Yo corrí como el resto, al principio inmerso en el proceso del encierro, aunque con la mente en mis propias interioridades. En segundos alcanzaríamos la esquina que había escogido, un embudo sin balcones ni vallas, únicamente muros, y espectadores ausentes.

Reviví entonces, una vez más de cientos, mi plan. Llegaría antes que Basilio a la arista meta, donde le esperaría sorteando como pudiese a personas y animales. Cuando él se acercara saldría a su encuentro, disimulando lo más posible, y sólo tendría que refrenarme hasta el siguiente toro, un segundo o dos lo más. Luego debía empujarlo contra los pitones, fuertemente, apuntando hacia su torso vulnerable. Y me bañaría en su cálida sangre, gustoso; y me marcharía hacia el gentío, lejos del peligro de las pezuñas y los cuernos, despojado al fin de los míos. Lo hallarían muerto, o agonizante, o deformado como poco; y ella lo sentiría, los dos lo harían, y ya no sería igual, estaba seguro.

Un fortuito traspié... Me repongo de milagro y continúo. Eso podría haberlo estropeado todo. Suerte. Y doblo la esquina, resguardándome en un recoveco. Asomo la cabeza tímidamente, a la vez que los mozos me increpan la locura de detenerme. Mal asunto, no tendrían que haberse fijado demasiado en mí. Bueno, no importa, acaso más tarde no lo asocien al accidente, porque eso es lo que será. Ahí viene ya, con su altivez destacando de los demás, su límpido traje como un faro, esquivando la ineluctable muerte. Lloro de gozo y rabia ante su impetuoso contacto. Me petrifico con toda mi alma y él se sorprende y se asusta. Exclama algo, alguna queja o quizá súplica, conforme lucha por apartarme. Un bicho se acerca, ávido pero sin conciencia, lo veo de reojo y sonrío de deleite. La parca llama por la puerta trasera con urgencia. Chillo triunfante... pero en el postrer momento Basilio cae, tropezando por el frenesí de algún corredor, y el toro le pisa. Le pisotea sañudamente, arrancándome una carcajada de complacencia. Ha debido de destrozarle por dentro, o a lo mejor ha partido su columna vertebral. Sin embargo, por reflejo, dirijo la vista hacia arriba y descubro al Diablo con rostro bovino que alarga su mano para conducirme al Infierno. Ahora grito de terror y soy respondido por un horrible mugido. No me da tiempo a retirarme, o a agacharme, su lanza entra fácilmente en la diana de mi pecho, sin dolor, casi misericordiosamente.

Toso y escupo sangre, ya sí con sufrimiento, mientras la gente se congrega a mi alrededor. Veo pies fútiles, pero cuatro trascendentales. No sé cómo consigo levantar la cabeza para hallar a mi amada en los brazos de Basilio. De pie y al parecer ileso, sólo magullado y sucio, todavía preguntándose la razón de mi comportamiento, inocente, un tanto idiota y sin ninguna malicia. Ella me observa también extrañada y compasiva. Su bellísima cara ilumina mis últimos minutos hasta que lleva una uña a su boca y la muerde, gesticulando una débil sonrisa morbosa. Nunca me quiso, ahora lo sé, al regocijarse de mi triste final, de aquél que iba a quitarle todas sus ambiciones. Un demonio con forma de ángel que me trastornó. O no fue Teresa, sino yo mismo quien erró el camino. Si codicias mucho puedes perderlo todo... Mis pensamientos junto con mis lamentaciones se diluyen en la nada de la inexistencia. Ellos dos quedan y ¿qué más da?

1 comentario:

  1. Me encantan este tipo de historias. Me la pasaría el día leyéndolas. En algunos de los mejores hoteles en venecia hay impresas para leer, o sino entrás a internet y buscas blogs tan buenos como el tuyo y leés un rato, para despejarte y seguir viaje.
    Gracias!
    Mica

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